PARA REFLEXIONAR
Acerca de las falsedades que encubren los relatos malintencionados. Un Humanismo, humanitario fundamenta una mirada penetrante que propende a desvelar verdades.
Teología desde Abajo - Teología de la Liberación
https://www.facebook.com/hashtag/ignacioellacuria
Al Siervo de Dios Ignacio Ellacuría se le llamó "comunista" muchas veces, casi siempre como acusación y nunca como descripción honesta de sus pensamientos afines a la Teología de la Liberación y su opción Preferencial hacia los más pobres. En los años más duros de la guerra salvadoreña, el término “comunista” funcionó más como arma ideológica que como categoría analítica: servía para deslegitimar, silenciar y, finalmente, justificar la muerte. Ellacuría fue una de sus víctimas.
Sin embargo, Ellacuría no fue comunista, ni se adscribió al marxismo como sistema político o como horizonte último de sentido. Fue crítico del materialismo reductivo, del ateísmo estructural presente en muchos regímenes socialistas y del autoritarismo que negaba libertades fundamentales. Desde su perspectiva cristiana y filosófica, ningún sistema que sacrifique la dignidad humana puede asumirse sin una crítica radical.
Lo que sí hizo (y esto fue imperdonable para muchos) fue reconocer el valor del marxismo como herramienta de análisis social. Él sostuvo que ciertas categorías marxistas ayudaban a comprender la realidad histórica de los pueblos empobrecidos, a desenmascarar las estructuras de opresión y a nombrar con claridad la explotación y la injusticia. Usar el marxismo como mediación analítica no significaba convertirlo en una fe ni en una ideología totalizante. Para él, el marxismo podía iluminar aspectos de la realidad, pero no podía sustituir al Evangelio ni convertirse en criterio último de verdad.
El centro del pensamiento de Ellacuría no fue nunca la disputa entre capitalismo y comunismo, sino una pregunta mucho más incómoda: ¿qué sistema histórico hace posible la vida digna de las mayorías empobrecidas? Desde ahí, su crítica fue especialmente severa con el capitalismo realmente existente en América Latina, no por razones ideológicas, sino porque producía pobreza estructural, exclusión, violencia y muerte, y además lo hacía muchas veces envuelto en un lenguaje cristiano. Para Ellacuría, esa alianza entre fe y opresión constituía una de las formas más graves de pecado histórico.
Por eso denunció con fuerza el anticomunismo religioso, al que consideraba una ideología de encubrimiento. En nombre del anticomunismo -decía- se justificaron dictaduras, desapariciones, masacres y el asesinato sistemático de campesinos, catequistas, religiosas y sacerdotes. El comunismo fue convertido en un enemigo absoluto para evitar que se cuestionaran las verdaderas causas del sufrimiento del pueblo: la concentración de la riqueza, el poder militar, la oligarquía y la injerencia imperial.
Frente a los modelos enfrentados de su tiempo, propuso una alternativa profundamente evangélica: la civilización de la pobreza. No como exaltación de la miseria, sino como un proyecto histórico donde la sobriedad solidaria, la justicia estructural y el cuidado de la vida humana estuvieran por encima del lucro y del poder. Esta propuesta no nacía de Marx, sino del seguimiento de Jesús y de la contemplación histórica de los pueblos crucificados.
Que Ellacuría fuera acusado de comunista dice menos de él que de la época en que vivió. Fue señalado porque defendió a los pobres como sujetos históricos, porque denunció al ejército y a la oligarquía, porque se negó a separar la fe de la historia concreta. En contextos de violencia estructural, decir la verdad suele ser interpretado como subversión.
Ignacio Ellacuría fue asesinado el 16 de noviembre de 1989, junto con otros cinco jesuitas de la UCA y dos mujeres, en San Salvador. Fue asesinado por vivir y anunciar el Evangelio desde la justicia, la defensa de los pobres y la denuncia profética de la violencia estructural.
El título “Siervo de Dios” es el primer grado oficial en un proceso de canonización. Indica que la Iglesia ha abierto formalmente su causa y reconoce que su vida y su muerte están siendo estudiadas como testimonio ejemplar de fe cristiana.
En el caso de Ellacuría, la causa no se lleva de manera individual, sino junto con sus compañeros jesuitas mártires de la UCA: Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Joaquín López y López, Juan Ramón Moreno.
El proceso avanza lentamente, en parte por la complejidad histórica y política del caso, pero su testimonio es ampliamente reconocido en la Iglesia latinoamericana, en la Compañía de Jesús y en el pensamiento teológico contemporáneo.
Más allá del proceso canónico, para muchos pueblos de América Latina (y muy en sintonía con lo que tú misma trabajas desde la teología liberadora) Ellacuría ya es un referente de santidad encarnada, de fe pensada desde la historia y vivida hasta las últimas consecuencias.
