Una
reflexión
Soldados
Matar
y morir. Matar y sobrevivir (¿cómo?). Matar, siempre matar.
¿Quiénes los convocaron para matar o morir, quiénes los
convencieron? Ellos, aquellos que ordenaron pero no fueron; aquellos
responsables (o irresponsables).
Matar
o morir por la patria, nuestra patria. ¿Nuestra? ¿Nuestro ese
pedazo de planeta del que algunos se apropiaron? Codicia de muchos
que te convencieron, soldado; y te hicieron creer en una patria que,
si caíste muerto, nunca fue tuya. Los idiotas codiciaron ese pedazo
de planeta y creyeron que era suyo. Y esos idiotas murieron sin que
ese pedazo de planeta fuera realmente de ellos. ¿Cómo te dejaste
convencer, soldado? Por idiotas, soldado. Acaso te dijeron que serías
héroe. ¿Héroe por matar a tu semejante? ¿Héroe por morir por tu
patria y matar al que creyó también que sería héroe matando por
otra patria? ¿Cómo te dejaste convencer, soldado, si quienes te
utilizaron sonreían y brindaban por unas victorias por las que vos
matabas y morías mientras ellos festejaban? Acaso vos también
festejaste, por la muerte que provocaste, porque volviste con los
tuyos, tu familia, tus amigos y… ¿olvidaste que fuiste un asesino,
aunque primero siempre ellos, los que te mandaron, festejaron,
brindaron y olvidaron? ¡Ay, soldado! ¡Qué triste historia la tuya,
hace ya miles y miles de años!

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PREMIO NOBEL DE LA PAZ
Discurso en Oslo al recibir el Premio Nobel de la paz
Majestad, Altezas, Señoras y
Señores
Con humildad estoy ante Ustedes
para recibir la alta distinción que el Comité Nobel y el Parlamento
otorgan a quienes han consagrado su vida en favor de la PAZ, de la
promoción de la JUSTICIA y la solidaridad entre los pueblos.
Quiero hacerlo en nombre de los
pueblos de América Latina, y de manera muy particular de mis
hermanos los más pobres y pequeños, porque son ellos los más
amados por Dios; en nombre de ellos, mis hermanos indígenas, los
campesinos, los obreros, los jóvenes, los miles de religiosos y
hombres de buena voluntad que renunciando a sus privilegios comparten
la vida y camino de los pobres y luchan por construir una nueva
sociedad.
Para un hombre como yo, una
pequeña voz
de los que no tienen voz, que lucha para que se oiga con toda
la fuerza el clamor
de los Pueblos, sin otra identificación que con el hombre
concreto latinoamericano y como cristiano, este es sin
duda el más alto honor que puedo recibir que se me considere
un Servidor
de la Paz.
Vengo de un continente que vive
entre la angustia y la Esperanza y en donde se inscribe mi historia,
estoy convencido que la opción de la fuerza evangélica de la
no-violencia se abre como un desafío y a perspectivas nuevas y
radicales.
Una opcion que prioriza un
valor esencial y entrañablemente cristiano: la
dignidad del Hombre, la sagrada trascendente e irrenunciable
dignidad del hombre que le viene del hecho primordial de ser hijo de
Dios y hermano en Cristo y por lo tanto hermano nuestro.
En estos largos años de lucha
a través del Servicio Paz y Justicia en América Latina compartimos
el camino junto a los más pobres y necesitados.
No tenemos mucho que decir,
pero sí, mucho que compartir para lograr a través de la lucha
no-violenta la abolición de las injusticias, a fin de alcanzar una
sociedad más justa y humana para todos.
En este caminar junto a mis
hermanos los pobres, los que son perseguidos, los que tienen hambre y
sed de justicia, los que padecen por causa de la opresión, los que
se angustian ante la perspectiva de la guerra, los que sufren la
agresión de la violencia o ven postergados sus derechos elementales.
Es por todos ellos que estoy
aquí.
Mi voz quiere tener la fuerza
de la voz de los humildes. La voz que denuncia la injusticia y
proclama la Esperanza en Dios y la Humanidad que es la Esperanza del
Hombre que ansia vivir en la comunión y participación con todos los
hermanos como hijos de Dios.
America Latina es un continente
joven, vital, que fue definido por el Papa Pablo VI como
el Continente
de la Esperanza.
Conocer es valorar una realidad
con la vocación cierta de compartir su destino.
Conocer es llegar a una
profunda identidad con los pueblos que protagonizan un proceso
histórico, estando dispuestos a redimir el dolor con el amor,
asumiendo, en esta perspectiva, la praxis de Jesús.
Pero cuando vemos esa realidad
que viven nuestros pueblos es una ofensa a Dios, en que millones de
nuestros niños, jóvenes, adultos, ancianos viven bajo el signo del
sub-desarrollo.
La violencia
institucionalizada, la miseria y la opresión generan una realidad
dual, fruto de la persistencia de sistemas políticos y económicos
creadores de injusticias, que consagran un orden social que beneficia
a unos pocos: ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez
más pobres.
Frente a esta realidad quiero
como los Obispos en Puebla, como los cristianos comprometidos en los
movimientos que luchan por los derechos humanos, como los hombres de
buena voluntad compartir las angustias que brotan de los rostros
dolientes del hombre latinoamericano, en él que reconocemos el
rostro sufriente de Cristo, nuestro Señor que nos cuestiona e
interpela
Les hablo teniendo ante mis
ojos el recuerdo vivo de los rostros de mis hermanos,
los
trabajadores, obreros y campesinos que son reducidos a niveles de
vida infrahumana y limitados sus derechos sindicales,
del rostro
de los niños que padecen desnutrición,
de los jóvenes que ven
frustradas sus esperanzas,
de los marginados urbanos,
de
nuestros indígenas,
de las madres que buscan sus hijos
desaparecidos,
de los desaparecidos, muchos de ellos niños,
de
miles de exiliados,
de los Pueblos que reclaman libertad y
Justicia para todos.
Pero pese a tanto dolor vivo la
Esperanza porque siento que América Latina es un continente puesto
de pie, que podrán demorar su liberación, pero nunca impedir.
Vivimos la Esperanza porque
creemos, como San Pablo, que el amor nunca muere y que el hombre, en
el proceso histórico, ha ido creando enclaves de Amor con la
práctica activa de su solidaridad en todo el mundo hacia la
liberación integral del hombre y los pueblos.
Para mí es esencial tener la
serenidad interior de la oración para escuchar
el silencio de Dios, que nos dice en nuestra vida personal y
en el signo de la historia de nuestro tiempo de la fuerza del Amor.
Y es por esa fe en Cristo y en
los hombres que debemos aportar nuestro esfuerzo humilde en la
construcción de un mundo más justo y humano. Y quiero afirmarlo con
énfasis: Ese
mundo es posible.
Y para construir esa nueva
sociedad debemos estar con las manos abiertas, fraternas, sin odios,
sin rencores, para alcanzar la reconciliación y la Paz, pero con
mucha firmeza, sin claudicaciones en defensa de la Verdad y
la Justicia.
Porque sé que nadie puede
sembrar con los puños cerrados. Para sembrar es necesario abrir las
manos.
Quiero agradecer a todos
Ustedes, al Comité Nobel por esta alta distinción a los humildes de
América Latina.
Me siento emocionado y a la vez
comprometido a redoblar mis esfuerzos en la lucha por la paz y la
Justicia. Puesto que la paz sólo es posible como fruto cicla
Justicia, que esta verdadera Paz, es la transformación profunda de
la no-violencia que es la fuerza de Amor.
Quiero expresar a Ustedes que
gracias a la ayuda y comprensión de mi esposa e hijos, en los
momentos más duros y difíciles de la lucha, pude continuar junto a
mis hermanos de América Latina, con su amor, silencio y compañía,
y siempre contribuyen a fortalecerme y darme el coraje de servir a
mis hermanos.
Invocando la fuerza de Cristo,
nuestro Señor, como nos enseñaba en el Sermón de la Montaña y que
quiero compartir con todos Ustedes con mi pueblo y el
mundo.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el Reino de los Cielos,
Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseer án en herencia la tierra,
Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán
saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzar án misericordia,
Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios,
Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de
Dios,
Bienaventurados los perseguidos por la causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos,
Bienaventurados seréis cuando
os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal
contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra
recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera
persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
(Mateo 5, 1-12)
Reciban mi profundo
agradecimiento y deseos de Paz y Bien.
Desde Les
Prix Nobel. The Nobel Prizes 1980, Editor Wilhelm
Odelberg, [Nobel Foundation], Stockholm, 1981
Articulo: Adolfo
Pérez Esquivel – Acceptance Speech.
https://www.cipdh.gob.ar/premio-nobel-de-la-paz-a-adolfo-perez-esquivel
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POR UN HUMANISMO, HUMANITARIO
Se impone seguir reflexionando sobre un Humanismo, humanitario. Con una coma, para que esa pausa nos ayude a reflexionar. Humanismo humanitario parece como si agregáramos un adjetivo y ya está. Por eso Humanismo, humanitario, para que esa coma, esa pausa, nos esté invitando a reflexionar.
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Caín y Abel. ¿Un mito? Sí, puede ser. Pero ese mito no oculta su realidad. En algún momento, en algún lugar, un ser humano mató a otro ser humano, su hermano. ¿Celos, codicia…? ¡Quién sabe!
No
matarás establecían las Tablas de la Ley. Ama a tu prójimo como a
ti mismo, proclamaban los Evangelios, afirmativamente. No mates/Ama. Y
transforma a tu enemigo en prójimo. Una Ética de la liberación.
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Sirácida (Eclesiástico)
1 Hijo, no prives al pobre del sustento,
ni dejes en suspenso los ojos suplicantes.
2 No entristezcas al que tiene hambre,
no exasperes al hombre en su indigencia.
3 No te ensañes con el corazón exasperado,
no hagas esperar la dádiva al mendigo.
4 No rechaces al suplicante atribulado,
ni apartes tu rostro del pobre.
5 No apartes del mendigo tus ojos,
ni des a nadie ocasión de maldecirte.
6 Pues si maldice en la amargura de su alma,
su Hacedor escuchará su imprecación.
7 Hazte querer de la asamblea,
ante un grande baja tu cabeza.
8 Inclina al pobre tus oídos,
responde a su saludo de paz con dulzura.
9 Arranca al oprimido de manos del opresor,
y a la hora de juzgar no seas pusilánime.
Sirácida (Eclesiástico) Cap.4. La Biblia. Antiguo Testamento
¿SAPIENS?
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