Esta entrada pertenece a L. A.
Aranguren Gonzalo, publicada en el Diccionario de Pensamiento Contemporáneo (
DicPC), Madrid, San Pablo: 1997,
pp. 871-877 https://docer.com.ar/doc/10sn81
PACIFISMO DicPC
Existe un uso vulgar del
término pacifismo, que expresa el
conjunto de actividades que una o varias personas realizan, encaminadas a
conseguir la /paz. Esta apreciación deriva del pacifismo entendido como corriente
de acción, en orden a hacer la paz. Ahora
bien, para tener una visión más completa de este vocablo, es preciso
profundizar más en el sentido del término paz.
Occidente es heredero de la pax
romana, entendida como orden social y jurídico impuesto desde el poder;
desde esta perspectiva, la paz se ha caracterizado por ser la cara opuesta de
los conflictos bélicos, y de ahí ha nacido el pacifismo como la contestación
más o menos organizada contra las /guerras. Las insuficiencias de contenido que
muestra esta manera de entender el pacifismo obligan a rescatar el sentido
original del mismo. Para ello, beberemos de las fuentes orientales y de la
tradición judeocristiana.
I. FUENTES DEL PACIFISMO.
1. La tradición filosófica oriental. a) La Filosofía china. Mo Ti entiende el pacifismo desde la perspectiva del /amor
universal (Kien ngai), que hace
frente al dominio del egoísmo, fuente de todo mal y generador de apropiaciones
indebidas. El pacifismo de Confucio se inscribe en el ámbito del amor a la
vida, en todas sus manifestaciones, alcanzando en el hombre su máxima
expresión. Pacifismo será el espejo del verdadero /humanismo, y el amor al
/prójimo la base de toda moral. Por su parte, Mencio establece la afirmación de
que el hombre es bueno por naturaleza. El pacifismo será, ante todo, la tarea
educativa de hacer salir a la luz y que fructifiquen las buenas disposiciones y
capacidades humanas, en orden a la humanización de su entorno. Por último,
LaoTsé impulsa el retorno a la naturaleza, situándose frente a las leyes que
limitan y empobrecen la acción humana; entiende el pacifismo desde la vertiente
del dominio de las propias pasiones y la visión inteligente de los efectos de
las acciones violentas: con las guerras se conquistan cosas insignificantes, en
comparación con los recursos internos insospechados de cada persona. En
resumen, la filosofía china precede a Occidente en muchas de las ideas
pacifistas que hoy se defienden; ha sido la primera en propagar el /amor
universal, la igualdad entre los hombres, la conciencia como motor de la
conducta y la renuncia a la violencia (Víctor García).
b) Hinduismo. El pacifismo hinduista brota de su negación a toda clase
de violencia (ahimsa) y su absoluto
respeto hacia toda forma de vida humana, animal o vegetal. Gandhi será'quien
personifique en este siglo el ahimsa, transformándolo
en acción personal y comunitaria, liberadora de la violencia que nace de la
injusticia. Gandhi obrará el milagro de aunar en su persona el sumo respeto
hacia la vida y la tolerancia hinduistas con el amor al enemigo cristiano, con
lo que convertirá el ahimsa en
principio regulador de un /talante y de una manera de ser: el pacifismo. Este
talante ofrecerá dos caras complementarias: una, amable, mansa y no-violenta;
la otra, rebelde contra la injusticia, audaz e intolerante frente a la
violencia. El pacifismo de Gandhi se orienta hacia la /liberación del hombre;
no encierra el ahimsa en una suerte
de /virtud monacal, que asegure exclusivamente la paz interior, sino que la
propone como modo de conducta necesaria para vivir en sociedad. Su no-violencia
se sitúa no contra la violencia, sino más allá de esta, superándola. La
pretensión de Gandhi al encabezar el movimiento de independencia de la India
frente a Gran Bretaña es la liberación de su país no sólo con el objetivo de
formar un nuevo Estado con personalidad jurídica propia, sino con la intención
de configurar una auténtica fraternidad entre gentes de distintas etnias,
credos e /ideologías. El hinduismo, en especial en la persona de Gandhi, hace
de la paz la tarea de constituir una /fraternidad universal con todo lo vivo.
2. La tradición judeocristiana. En esta tradición no se menciona el término pacifismo: aludiremos
al significado de la paz como concepto clave. En el Antiguo Testamento el término
que más frecuentemente se emplea para designar la paz es shalom. Este vocablo alude a la noción de totalidad, plenitud o
bienestar integral que alcanza todos los ámbitos de la vida humana personal,
social y política. Complementariamente, designa el estado del hombre que vive
en armonía con la naturaleza, consigo mismo y con Dios. Más tarde, el
profetismo proyectará una visión histórica de la paz situándose frente a los
que se oponen al proyecto liberador de Dios; en esta línea utópica se enmarca
la paz mesiánica; los cielos nuevos y la tierra nueva constituyen la expresión
de la necesaria transformación que erradicará los distintos tipos de violencia;
será la nueva expresión de la paz.
Con la persona de Jesús la paz
se visibiliza en dos clases de signos que han de vivirse en tensión dialéctica:
en primer lugar, la actitud de mansedumbre, de no-/violencia activa, de
superación del ojo por ojo judío, de
perdón y amor al enemigo; pero, en segundo lugar, ese mismo amor al enemigo se
expresa también en rebeldía frente a la injusticia, en lucha activa contra los
distintos tipos de violencia. El pacifismo de Jesús no intenta vencer sino
convencer, buscando no la victoria de uno sobre otro, sino la doble victoria:
la propia y la del /otro. Es un pacifismo que desea romper la lógica interna de
la violencia, caracterizada por la destrucción.
Podríamos concluir parcialmente
afirmando que la paz, desde las tradiciones orientales y judeocristianas que
nos preceden, constituye la suma de todas las virtudes, de modo que el
pacifismo tiene carácter de globalidad, equilibrio y armonía, tanto en el
interior de la persona, como en las relaciones sociales, como en la relación
del hombre con la naturaleza.
3. Raíz antropológica del pacifismo. El pacifismo es una forma de hacer que se deriva de una forma de
ser. Esta forma de ser integra, en primer lugar, un talante y actitud global
ante la vida, equilibrado, donde el encuentro del hombre consigo mismo, con los
demás y con la naturaleza está transido de armonía. Pero la forma de ser
pacifista conlleva igualmente la opción moral por la paz, como categoría ética
con la que construir la propia persona y la sociedad en la que uno vive. Esta
opción nace de la siguiente constatación antropológica:
a) El hombre esfuerza. Y la fuerza pertenece a la esfera biológica del hombre.
Tendencialmente, la fuerza se torna fácilmente en agresión al otro, en defensa
violenta de lo propio, en principio de destrucción. Ahora bien, el hombre puede
transfigurar el sentido de su fuerza; puede concentrarlo y canalizarlo en una
dirección creativa y liberadora.
b) La fuerza del hombre es inteligencia. En virtud de su inteligencia, el hombre puede gobernar la fuerza
bruta. El poder del hombre radica en su implantación inteligente en la realidad
que le abre a la autoposesión de sí mismo y a situarse desde una conciencia
personal de la que puede brotar una nueva fuerza.
c) La fuerza del hombre es amor. El amor lo entendemos aquí como fuerza de liberación (Lanza del
Vasto). Es la fuerza del coraje que nace frente a los conflictos y situaciones
violentas, superándolas con la acción pacificadora, esto es, con la fuerza del
amor que denuncia el /mal y libera. Desde el ámbito del amor, el pacifismo no
sólo se enfrenta al odio y a la violencia sino también a la indiferencia que,
creciendo en universalidad y cronicidad, tolera y consiente la violencia. La
acción pacificadora como fuerza de amor, sitúa al pacifista en la superación de
la dialéctica violencia (abuso de
fuerza). cobardía (anulación de toda
fuerza), creando modos de vida más humanizadores.
No se puede, pues, disociar la
paz y la fuerza. Separar ambos términos ha sido uno de los errores que ha
cometido el pacifismo europeo, según Lacroix. Por esta razón conviene
detenernos en la denuncia que el personalismo comunitario realiza hacia el
falso pacifismo.
4. Crítica personalista al falso pacifismo. Igual que Bonhóffer habla de una gracia cara y una /gracia barata,
en referencia a las posibles vivencias del cristianismo, así cabe hablar en
este caso de un pacifismo caro (al que apuntan las fuentes judeocristianas y
orientales antes citadas) y un pacifismo barato o blandopacifismo (C. Díaz) que
Occidente ha empobrecido y rebajado de contenido en el transcurso del presente
siglo. Mounier, de modo especial, y Lacroix, en menor medida, han denunciado
este falso pacifismo. Mounier critica el pacifismo europeo que se desarrolló en
el período comprendido entre las dos Guerras Mundiales. La crisis de
civilización que asoló a Europa tras comprobar los horrores de la I Guerra Mundial
no se tradujo en una acción pacifista militante. Al contrario, se asiste a la
elaboración de un pacifismo barato caracterizado por:
a) La reducción del pacifismo a
una suerte de sentimientos loables en sí mismos, pero carentes de operatividad.
Es un pacifismo de rostro amable, dulce y prudente, que encubre la tibieza en
las decisiones personales y la falta de valentía y audacia, al tiempo que
configura un pacifismo claramente evasionista por cuanto se recluye en los
grupos de opinión y no salen a la calle a construir la paz desde la justicia.
b) Se trata de un pacifismo que
se limita a reclamar la paz desde arriba y desde fuera, como simples
espectadores. La paz es algo que otros traerán. La pasividad está unida a un
fuerte apoliticismo. Es un pacifismo juridicista, encubridor del desorden
establecido y, en el fondo, opresor de la /persona.
c) Este modelo de pacifismo es
propio de quienes adoptan como máxima de su existencia la tranquilidad; el
miedo a vivir y el miedo a morir impide cualquier tipo de entrega y compromiso.
Es el pacifismo de los satisfechos, temerosos y dóciles que, instalados en la
mediocridad, sólo pueden construir la Ciudad de los prudentes, ciudad de almas
muertas y de seguridades viles, como subraya Mounier.
Para Mounier, por el contrario,
el verdadero pacifismo, el pacifismo caro, es el que reposa en sentimientos
fuertes y se enmarca en el compromiso, dimensión constitutiva de la persona.
Así, la paz se torna en combate, esto es, en combate pacífico, en actitud de
rebeldía y denuncia frente a la injusticia y frente a los injustos. Los
auténticos pacifistas serán los combatientes por la paz, de carácter decidido y
gesto profético, que hacen de la paz una tarea cotidiana. En este sentido,
Lacroix señala, recordando una distinción de Péguy acerca de la paz, que
construir la paz (faire la paix) es
la fuente de todas las grandezas, mientras que tener paz (avoir la paix) es la fuente de
todas las cobardías. La paz por
la que trabaja el pacifista no es un estado, es una conquista que supone entrega
personal, perseverancia y esperanza.
Continuando esta misma línea
argumentativa, entendemos que el personalismo comunitario puede devolver al
pacifismo un sentido propositivo y esperanzador, constituyéndose en motor de
una auténtica /cultura de la paz en nuestro mundo.
II. LA CULTURA DE LA PAZ.
El /personalismo comunitario
asume el pacifismo vinculándolo a un proyecto ético global. La ética de la paz
es el esbozo que intenta hacer realidad histórica el ideal utópico de la
humanidad pacificada (M. Vidal).
Este proyecto tiene como sujeto
prioritario a la sociedad civil y debe traducirse en creaciones culturales que
comprometan el significado de la existencia de los hombres y se enmarquen en
una verdadera propuesta de civilización. La paz no apunta a cambios parciales,
sino que constituye la /utopía que alimenta el deseo de reformular por entero
los cimientos de nuestro modo de entender y construir la vida en comunidad,
deseo repetidamente planteado por el personalismo comunitario, de manera
principal a través del movimiento Esprit.
Así entendida, la paz será una forma creativa de construir la historia
(Lacroix).
Sin entrar en definiciones que
reduzcan en extremo el sentido del término, entendemos que la cultura se
articula básicamente como el modo de vida global de una colectividad (modo que
incluye /valores, costumbres, creencias y normas socialmente admitidas). En un
tipo de cultura donde dominan los hábitos agresivos y el desarrollo de la
violencia en todas sus expresiones, la cultura de la paz ha de compaginar la
labor de análisis crítico de los procesos de destrucción en marcha, con la
tarea de desarrollar planteamientos, actitudes y proyectos creativos que
posibiliten la transformación del sistema actual; así, la paz se
caracterizaría, en verdad, por plantear una forma de vida alternativa, sin
necesidad de encerrarse en cuestiones teóricas, propias de elites
exclusivamente reflexivas. A continuación destacamos algunos de los elementos
que debe contener una cultura de.la paz desde la óptica personalista:
1. Optimismo antropológico. Las culturas violentas suelen partir del presupuesto de que el
otro es un infrahombre —por motivos de raza, sexo, creencias, etc.– al que hay
que someter. Cuando el otro deja de ser un ser humano, queda legitimada la peor
de las violencias (campos de exterminio, genocidios, torturas, etc). Toda forma
de exaltación de lo propio y de denigración de lo ajeno, de exacerbación
nacionalista y visión del extraño como agresor, apunta en la misma dirección.
El pacifismo ha de crear una cultura que recupere la creencia en la dignidad e
igualdad básica de toda persona, esto es, confiar sencillamente en el ser
humano. Este elemento de confianza podrá hacer frente al pesimismo
antropológico reinante, que se recluye en la incapacidad para el cambio y en la
constatación del dominio de unos seres humanos sobre otros.
2. Satisfacción de las necesidades básicas. La cultura ha de estar al servicio de las necesidades del hombre;
y no se puede hablar de paz mientras estas carencias no se cubran mínimamente.
La cultura belicista ha propiciado un desarrollo económico básicamente injusto,
explicitado en un Norte rico y tranquilo y en un Sur pobre y violento (Luis de
Sebastián). En esta situación, el desarrollo, entendido como desarrollo del y
para el hombre, se convierte en el nuevo nombre de la paz (Pablo VI). Ellacuría
denomina a este nuevo modo de desarrollo civilización
de la pobreza, según la cual el objetivo prioritario es garantizar la
satisfacción de las necesidades básicas (alimento, cobijo, atención médica y
educativa), que hacen posible a todo ser humano vivir con dignidad. Esta
prioridad conlleva necesariamente la reestructuración económica, en objetivos y
medios, en los países del Norte del planeta.
3. Afrontamiento del conflicto. La cultura de la paz no aboga por la desaparición de los
conflictos, pues son inherentes a la condición humana; lo que impulsa es su
afrontamiento con todos los recursos disponibles. Entendemos por conflicto la
oposición entre grupos e individuos por la posesión de bienes escasos o la
realización de valores mutuamente incompatibles (R. Aron). Como tales, los
conflictos son necesarios y, en parte, constituyen el motor del cambio social
histórico.[1] La cultura de la paz ha de
procurar que el afrontamiento personal o colectivo del conflicto se realice
desde la lucidez y el convencimiento de que el hombre es eminentemente creador
e impulsor de formas nuevas de estar en la realidad. Esta convicción se refleja
mejor en aquellas personas que Fromm caracteriza como biófilas, es decir, que apuntan siempre al futuro, aportan
soluciones creativas, confían en las posibilidades humanas y utilizan medios
no-violentos en la resolución de conflictos.
4. Articulación de estrategias de acción no-violenta. El movimiento pacifista se ha distinguido históricamente en
generar estrategias de acción creativas y provocadoras, partiendo del ejemplo
de Gandhi y Luther King, entre otros. La cultura de la paz debe profundizar y
actualizar acerca de las posibilidades eficaces de la huelga de /hambre, la
desobediencia civil, la objeción de conciencia fiscal y la objeción de
conciencia al servicio militar, la insumisión, las campañas ciudadanas
puntuales, etc. Estas y otras estrategias de acción deben perseguir sacar a la
luz las contradicciones de la cultura de la violencia y configurarse como
medios alternativos no-violentos en orden a la resolución de los conflictos
sociales planteados. La adopción de este tipo de estrategias debe ir acompañada
de un proceso personal y colectivo de concienciación y análisis objetivo de la
realidad, y la libre aceptación de las consecuencias que conllevan las opciones
tomadas.
5. Perspectiva planetaria. La enfermedad que asiste a nuestro mundo, en términos de
violencia, en todas sus manifestaciones, no contempla soluciones parciales. La
cultura de la paz, expresión de universalidad, totalidad y armonía, debe
impulsar: a) Un enfoque geopolítico de los problemas y de las soluciones
mundialmente globalizado, superando el nivel del enfoque Estado-Nación; b) El
establecimiento de objetivos operativos que propicien un cambio en lo básico,
no conformándose con el conocimiento de los problemas; c) La adopción de
objetivos políticos en términos de garantizar el mínimo bienestar humano y la
satisfacción universal de las necesidades básicas, y no en términos de
maximalización del poder y de la riqueza nacional.
III. CONCLUSIONES.
El personalismo comunitario
tiene en el movimiento por la paz, articulado en diversidad de colectivos, un
campo de acción teórico-práctica enormemente fecundo.
El pacifismo es propio de
inconformistas. La tarea que le compete al movimiento pacifista está marcada
por la inadaptación creadora de la minoría inconformista que lo constituye
(Luther King).
El pacifismo entiende, con
Gandhi, que el fin es a los medios como el árbol a la semilla. En una cultura
donde impera el divorcio entre valores y hechos, el pacifismo contempla la
coherencia entre los valores que plantea (fines) y los hechos que practica
(medios) como uno de los signos de credibilidad más destacados. En este
sentido, la no-violencia es el medio más inofensivo y más eficaz para hacer
valer los derechos políticos y económicos de todos los que se encuentran
explotados (Gandhi).
BIBL.: ÁLVAREZ VERDES L.-VIDAL M., Paz, en VIDAL M., Conceptos fundamentales de ética teológica, Trotta, Madrid 1992; FISSAS V., Introducción al estudio de la paz y de los conflictos, Lerna,
Barcelona 1987; GANDHI M., Todos los
hombres son hermanos, Sígueme, Salamanca 1974; GARCÍA V., La sabiduría
oriental, Cincel, Madrid 1988; LACROIX J., Faire la paix, Esprit 177 (París 1951) 326-332; LANZA DEL VASTO, La
fuerza de los no-violentos, Mensajero, Bilbao 1993; LUTHER
KING M., La fuerza de amar, Aymá, Barcelona 1975; MOUNIER E., Revolución
personalista y comunitaria y Los cristianos ante el problema de la paz, en Obras completas 1, Sígueme, Salamanca
1992; ID, Las certidumbres difíciles, en
Obras completas IV, Sígueme,
Salamanca 1988.
[1] [Aquí, en mi blog, señalaría, como
puntos discutir que los conflictos “son
inherentes a la condición humana” y que “los conflictos son necesarios”, como
expresa el autor. Lo que no significa negar la existencia de conflictos].


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